YORO. – Las montañas de Yoro vivieron una escena que parece arrancada de otra época pero que refleja la cruda realidad del crimen organizado en Honduras. Esteban Gumercindo Ferrera Rodas, alias «El Diablo», jefe del Cartel del Diablo y uno de los objetivos más buscados por las fuerzas de seguridad del país, logró escapar herido tras un violento enfrentamiento con unidades especiales de la Policía Nacional que lograron sacarlo de su madriguera, pero no pudieron capturarlo.
Con al menos tres heridas de bala en el cuerpo, según relataron vecinos de la zona, El Diablo montó una bestia de carga y huyó a galope tendido dejando un rastro de sangre en su camino.

«Señor, El Diablo estaba en su madriguera, pero se fue herido a caballo. Agarró en dirección a La Ceiba», fue el primer reporte que llegó al oficial a cargo vía teléfono satelital, quien lo transmitió de inmediato al alto mando en Tegucigalpa.
Los cuerpos de inteligencia policial cerraron de inmediato todos los centros de salud y clínicas médicas de la zona para interceptarlo si busca atención médica. Helicópteros, retenes y despliegues especiales de alta montaña peinaron durante horas las zonas boscosas y húmedas de Sulaco, donde las autoridades perdieron momentáneamente el rastro.

«El Diablo va a caer vivo o muerto; sus horas están contadas en estas montañas. El rastro que dejó es como el de un cocodrilo herido», fue el segundo reporte policial desde el terreno.
El Diablo no es el mismo hombre que las autoridades perseguían años atrás. Regresó de México con entrenamiento superior, nuevos contactos y una estructura criminal reorganizada con vínculos confirmados con el Cártel Jalisco Nueva Generación, una de las organizaciones más violentas y poderosas del continente.

Bajo ese esquema construyó en Yoro una red de control territorial, logística criminal y poder de intimidación que convirtió la región en uno de los puntos más calientes del mapa de seguridad hondureño.
Las investigaciones advierten que detrás de El Diablo operan otros hombres desde las sombras, moviéndose lejos de las cámaras y del ruido.

El verdadero desafío no es solo capturarlo, sino desmontar las redes que permiten que estas estructuras sobrevivan, se financien y se reorganicen incluso bajo presión estatal.
Por ahora, la cacería continúa. Y en las montañas de Yoro, El Diablo sangra. Sus horas, dicen quienes lo persiguen, están contadas.