Colombia viaja al Mundial 2026 con ilusión deportiva, pero también con una nube de controversia que mezcla fútbol y política en uno de los momentos más delicados para el país cafetero.
La primera polémica llegó antes incluso de pisar el avión. La selección colombiana decidió no participar en la tradicional entrega de la bandera por parte del presidente Gustavo Petro, con el fin de evitar cualquier asociación política. La decisión no fue casual: el contexto electoral resultaba especialmente tenso, marcado por la disputa entre los candidatos Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, lo que elevó la sensibilidad frente a cualquier gesto público de figuras de alto perfil. El equipo argumentó que la intención era que la camiseta representara a todos los colombianos, sin distinción ideológica.
Pero la historia no terminó ahí. El plantel finalmente visitó al presidente Petro, quien los despidió para desearles buena suerte en una fase de grupos en la que enfrentarán a Uzbekistán, Congo y Portugal. Sin embargo, el acto oficial terminó en escándalo por una polémica que involucra al capitán James Rodríguez con Antonella Petro, hija del mandatario.

Otro momento que generó debate fue la entrega del pabellón nacional, que recayó en el técnico argentino Néstor Lorenzo en lugar de un jugador, algo que algunos aficionados consideraron que debía corresponder al líder dentro del terreno de juego. Otros, en cambio, defendieron la decisión por el rol clave que ha desempeñado el entrenador en el proceso clasificatorio.
A todo ello se suma la guerra de símbolos. La camiseta de la selección se convirtió en arma electoral cuando el candidato Abelardo de la Espriella la usó en campaña, lo que provocó la reacción de su rival Iván Cepeda, quien acusó que su uso con fines electorales e ideológicos constituía un acto claramente oportunista.
Colombia llega al Mundial con un grupo unido y hambre de gloria, pero deberá dejar atrás el ruido político para demostrar en la cancha por qué es una de las selecciones más temidas del continente.