Carlos Emilio Arita Lara, conocido como “El Muco”, fue uno de los hombres más temidos en el occidente de Honduras.
Su nombre se convirtió en sinónimo de violencia y terror dentro del cartel de Los Valle, donde se le señalaba como el principal sicario y administrador de rutas de narcotráfico hacia Estados Unidos.
Amparado en una doble identidad, producto de un segundo registro en el Registro Nacional de las Personas (RNP), logró evadir a las autoridades durante años.
Esa estrategia le permitió moverse con libertad en la frontera y mantener un bajo perfil, pese a ser uno de los operadores más buscados del grupo criminal.
Testimonios de pobladores y exintegrantes del cartel revelan que El Muco utilizó maquinaria pesada, como retroexcavadoras, para abrir fosas clandestinas en las montañas de Copán.
Allí, según los relatos, enterró a víctimas ejecutadas por él mismo o por órdenes directas de los líderes de Los Valle.
Estos cementerios secretos se convirtieron en símbolos del miedo que aún persiste en la región.
Su captura en 2015, cuando intentó identificarse con un nombre falso en la frontera con Guatemala, confirmó la existencia de su doble identidad y marcó el inicio de un proceso judicial que expuso la brutalidad de su historial criminal. Aunque tras las detenciones de varios miembros del clan Los Valle la estructura se debilitó, la huella de violencia que dejó El Muco sigue viva en Copán.
Habitantes de comunidades rurales recuerdan los años en que la presencia del sicario significaba abusos, desapariciones y un clima de terror que paralizó la vida cotidiana.
Hoy, los relatos de esas víctimas forman parte de la memoria colectiva de un departamento que aún busca justicia y reparación frente a los crímenes del narcotráfico.