En el decimoséptimo día de la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, el Ejército israelí desplegó nuevas tropas en el sur del Líbano con el objetivo declarado de atacar posiciones de Hezbolá.
La operación marca un incremento en la ofensiva del Estado de mayoría judía contra su vecino, en un contexto de creciente tensión regional. Autoridades militares israelíes advirtieron que los ataques contra la República Islámica podrían prolongarse al menos tres semanas más, lo que anticipa una escalada sostenida del conflicto.
Mientras tanto, el presidente estadounidense Donald Trump lanzó una advertencia directa a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), al señalar que el futuro de la alianza podría ser “muy malo” si los países miembros no colaboran con Washington para asegurar el paso por el estrecho de Ormuz.
Este corredor marítimo estratégico permanece bloqueado por Teherán como medida de retaliación frente a la ofensiva militar. La amenaza de Trump busca presionar a los aliados europeos para que se involucren en la crisis, aunque las respuestas han sido dispares.

Reino Unido, Alemania y Grecia descartaron categóricamente una intervención militar en el estrecho, subrayando que la prioridad debe ser mantener abiertas las vías diplomáticas y evitar una confrontación directa con Irán.
La negativa de estas potencias europeas refleja las divisiones internas en la OTAN y la dificultad de articular una estrategia común frente a la crisis en Medio Oriente.
El bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial, añade un componente económico de alto riesgo a la guerra, con potencial impacto en los mercados internacionales.
La combinación de ofensiva terrestre en el Líbano, amenazas contra la OTAN y el cierre de un paso marítimo vital configura un escenario de máxima tensión, donde las decisiones de las próximas semanas podrían redefinir el equilibrio geopolítico en la región.