Carmen Mejía, una mujer hondureña que pasó 22 años en prisión en Estados Unidos acusada de causar la muerte de un niño, fue liberada luego de que la justicia determinara que su condena se basó en testimonios erróneos y evidencia incompleta.
“Fui fuerte; creí que me iba a morir allá. Fui fuerte; yo creí en Dios”, expresó Mejía al salir de la cárcel de Texas donde permanecía desde 2003. La mujer, de 54 años, agradeció a Dios y a sus abogados por lo que calificó como “un milagro muy grande”.

El caso se remonta a 2003, cuando Mejía fue acusada de haber sumergido en agua caliente a un bebé de 10 meses bajo su cuidado. El menor murió en el hospital a consecuencia de las quemaduras.
La fiscalía presentó como prueba los testimonios de un médico y un experto que aseguraron que las lesiones habían sido provocadas intencionalmente por un adulto. Con base en esas declaraciones, Mejía fue sentenciada a cadena perpetua.
Sin embargo, nuevas revisiones del caso demostraron que las pruebas eran insuficientes y que los testimonios carecían de rigor científico.

La organización Innocence Project, que asumió la defensa, logró demostrar que la condena fue producto de una grave injusticia.
“Si bien estamos muy contentos de que los tribunales reconozcan la inocencia de la señora Mejía, esta grave injusticia nunca debió haber ocurrido”, señaló Vanessa Potkin, abogada de la organización.
Además de la condena, sobre Mejía pesaba una orden de deportación. No obstante, tras el nuevo veredicto, las autoridades migratorias levantaron las restricciones, permitiéndole recuperar su libertad sin riesgo de expulsión.

La liberación de Carmen Mejía representa un triunfo de la justicia y un recordatorio de los errores que pueden marcar vidas enteras.
Su caso se suma a la lista de personas que, tras décadas de prisión, logran demostrar su inocencia gracias a la perseverancia y la fe en que la verdad finalmente prevalece.