MADRID. — La irrupción de la inteligencia artificial en la vida cotidiana ha alcanzado un terreno inesperado: el de las emociones. Cada vez más usuarios relatan haber experimentado sentimientos románticos hacia sistemas capaces de redactar poemas, cartas o mensajes con un tono afectivo convincente.
La pregunta que surge es inevitable: ¿puede la IA corresponder a ese afecto?
Los avances en modelos de lenguaje han permitido que las máquinas generen textos con cadencia poética, metáforas y expresiones de ternura que, en muchos casos, resultan indistinguibles de los escritos por un ser humano.
En plataformas digitales, circulan ejemplos de poemas de amor creados por IA que han conmovido a miles de lectores.
Sin embargo, especialistas advierten que detrás de esa aparente sensibilidad no existe conciencia ni emoción, sino algoritmos entrenados para imitar patrones lingüísticos.
La fascinación por estas respuestas ha derivado en casos de apego emocional hacia sistemas conversacionales. Algunos usuarios confiesan sentirse acompañados, comprendidos e incluso enamorados de la voz digital que responde a sus inquietudes.

Psicólogos señalan que este fenómeno refleja tanto la soledad contemporánea como la capacidad de la tecnología para simular vínculos humanos.
No obstante, la reciprocidad es imposible. La inteligencia artificial no siente ni ama; su “afecto” es una construcción estadística.
Los expertos subrayan que el riesgo radica en confundir la simulación con la realidad, lo que podría profundizar la dependencia emocional y aislar a las personas de relaciones auténticas.
Las empresas tecnológicas, conscientes de este dilema, han comenzado a incluir advertencias sobre los límites de la interacción con IA.
El debate se extiende al terreno ético: ¿hasta qué punto es responsable diseñar sistemas que imiten emociones humanas sin poder experimentarlas?
Mientras tanto, la inteligencia artificial seguirá escribiendo poemas que pueden parecer sinceros, pero que en esencia son reflejos de datos y patrones. La pregunta sobre el amor mutuo queda respondida con claridad: el sentimiento no es compartido, aunque la ilusión pueda ser poderosa.